Gaza desaparecida

Gaza son playas con olas de arena caliente donde los cuentos empiezan con un érase una vez de biografías que hablan de primeras despedidas, de primeros balazos y de primeras detenciones. Son historias recitadas en diarios en los que se mezclan diálogos entre leones e hienas con anécdotas de libros de crímenes de un niño, Tajtaj, que observaba los criminales para después contárselo a la policía. Son los relatos que vive Omar en busca de un padre ausente y que intenta recomponer para encontrar su propia historia como se fuese un investigador.

«Tengo que marcharme, cariño, acaban de alcanzar la casa y no hay línea.» Así comienza la historia de Vanished, Desaparecido, que cuenta Omar al dejar Londres y regresar a Palestina con la esperanza de arreglar o rompecabezas que compone su vida: desde la desaparición del padre, en 1981, hasta el año en que nace su hijo, en 2011. Ahmed Masoud, el autor de la novela, ficciona un viaje que sirve para describir tres décadas de vida en Palestina, presentando Gaza en 2014 y mostrando la Franja a través de la mirada de un niño que vive dos Intifadas, que sabe de los acuerdos de Oslo y de las divisiones entre Fatah y Hamás, mientras juega, sin olvidar que es palestino. Porque jugar en Palestina es aprender los trucos de la vida, teniendo presente que ambos, los juegos y la vida, son tan reales como las fábulas y que la moralejas de la historia suelen llegar tarde, cuando aprender ya solo es un epitafio.

En el día a día, las madres palestinas no tienen que repetir a los niños nada sobre hablar con desconocidos o aceptar nada de ellos. Se cansan de advertirles que no tiren piedras contra los soldados israelís, «un gran deporte que no iba a abandonar tan fácilmente,» un gran acto patriótico: caer herido. Y es que, con doce años, Omar decide saber la verdad de la misteriosa desaparición do su padre, Mustafa Ouda, y en el camino descubre su país a medida que se encuentra a sí mismo. Como buen investigador, tiene que acercarse a la noticia y luchar por ella, aprendiendo el valor de la soledad, de la amistad, del amor y del sufrimiento: «aún mucho peor que el dolor en la pierna había sido el hecho de que no se le había permitido ninguna visita al hospital durante los tres primeros días.»

Además del contacto con los soldados y de los paseos por los arenales, los niños de Gaza también se enamoran. Y el amor, con el miedo que provoca, hace pensar que aún hay que tenerle más miedo a Dios que al ejército israelí. Y no solo el miedo a la carne, sino también al amor que surge de ella y que viene de lejos, como en el caso del primer amor de Omar, que está presente en la historia; pues de quien primero se enamora es de una chica, de esas de las que tanto dudan los locales: una turista política, abanderada de los neo-orientalistas.

Una vez te hacen desaparecer de quien en realidad eres, de tus sentimientos, no hay vuelta atrás. La vida se convierte en una vorágine de verdades, silencios y mentiras que tratan de convivir para montar una biografía no exenta de lágrimas. Con el destello del dolor siempre presente, la historia parece olvidar que en Palestina crece gente que grita cosas como que nosotros, en Palestina, enseñamos vida y que nosotros aprendemos vida también, y entre lecciones, vivimos, leemos, escribimos, reímos e también lloramos.

Hay lágrimas salpicadas por las imágenes que se venden de Gaza, pero también las hay que son verdaderas, las lágrimas, y otras que nacen de la verdad de las historias narradas en novelas buenas de verdad como esta de Ahmed Masoud, que desaparece de entre las lágrimas de la emoción, de la palabra bien fotografiada y de la imagen bien escrita.