Versos fugaces cargados de presente

El 22 de julio de 1946, Menajem Begin, primer ministro israelí entre 1977 y 1983, ordenó un ataque contra el hotel Rey David, en Jerusalén, en el que murieron noventa y un civiles. La organización paramilitar sionista Irgún, que entonces dirigía Begin, fue la causante de esa y de otras masacres perpetradas desde 1937 contra objetivos civiles. Setenta años después de este ataque, los recuerdos parecen haber sido borrados por el protagonismo de las palabras del ministro de defensa israelí Lieberman, quien comparó los versos del poeta palestino Mahmud Darwix con el Mein Kampf de Hitler.

Galatz, la radio militar israelí dedicó un programa dedicado a la figura de Darwish, el cual provocó la ira de quien solo ve en sus versos ataques contra los judíos, como ya había procalmado antes el primer ministro israelí, Yitzhak Shamir, en 1988. Entonces, Shamir leyó en el parlamento israelí unos versos de “Pasajeros entre palabras fugaces”, como muestra del odio palestino y de la imposibilidad de entendimiento entre ambas partes. En esos versos, el poeta pedía pasado, presente y futuro para su patria, pedía recordar y olvidar, e invitaba a los pasajeros, a los inmigrantes más jóvenes, a leer esas palabras escabullidas con las que cargaban los suyos, los expulsados:

vosotros tenéis espadas, nosotros sangre,

vosotros tenéis acero y fuego,  nosotros carne,

vosotros tenéis otro tanque más, nosotros piedras,

vosotros tenéis gases lacrimógenos, nosotros lluvia:

sobre nosotros, como sobre vosotros, hay cielo y aire.

Tomad una porción de nuestra sangre y marchaos

 

Como símbolo de Palestina, Darwish supo dar voz a la causa de su pueblo, con su propia voz y con la de los silenciados. Él mismo, expulsado de su tierra, refugiado y arrestado en varias ocasiones, gritó con versos contra las injusticias y pidió constantemente la legalización de su existencia, como en el poema “Carné de identidad”, en el que exige a un policía que vea en él algo más que una cifra:

 

Escribe

que soy árabe,

y el número de mi carnet es el cincuenta mil;

que tengo ya ocho hijos,

y llegará el noveno al final del verano.

¿Te enfadarás por ello?

 

Escribe

que soy árabe,

y con mis camaradas de infortunio

trabajo en la cantera.

Para mis ocho hijos

arranco, de las rocas,

el mendrugo de pan,

el vestido y los libros.

No mendigo limosnas a tu puerta,

ni me rebajo

ante tus escalones.

¿Te enfadarás por ello?

 

Escribe

que soy árabe.

Soy nombre sin apodo.

Espero, pacientero, en un país

en el que todo lo que hay

existe airadamente.

Mis raíces,

se hundieron antes del nacimiento

de los tiempos,

antes de la apertura de las eras,

del ciprés y el olivo,

antes de la primicia de la yerba.

Mi padre…

de la familia del arado,

no de nobles señores.

Mi abuelo era un labriego,

sin títulos ni nombres.

Mi casa es una choza campesina

de cañas y maderos,

¿te complace?…

Soy nombre sin apodo.

 

Escribe

que soy árabe,

que tengo el pelo negro

y los ojos castaños;

que, para más detalles,

me cubro la cabeza con un velo;

que son mis palmas duras como la roca

y pinchan al tocarlas.

Y me gusta el aceite y el tomillo.

Que vivo

en una aldea perdida, abandonada,

sin nombres en las calles.

Y cuyos hombres todos

están e la cantera o en el campo…

¿Te enfadarás por ello?

 

Escribe

que soy árabe;

que robaste las viñas de mi abuelo

y una tierra que araba,

yo, con todos mis hijos.

Que solo nos dejaste

estas rocas…

¿No va a quitármelas tu gobierno también,

como se dice?…

 

Escribe, pues…

Escribe

en el comienzo de la primera página

que no aborrezco a nadie,

ni a nadie robo nada.

Mas, que si tengo hambre,

devoraré la carne de quien a mí me robe.

¡Cuidado, pues!…

¡Cuidado con mi hambre,

y con mi ira!

 

Darwish, del que se cumplen ocho años de su muerte en agosto, fue capaz de hacer que se oyese Palestina en versos y de humanizar con palabras lo que las armas consiguieron destruir, de sacar a hermosura del enemigo y de luchar por la comprensión, porque, como él mismo dijo: “la poesía y la belleza son siempre pacíficas. Cuando encuentras algo hermoso, encuentras la coexistencia […], humanizas al otro”.

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